Pesadilla. Ayer desperté pensando que todo era un sueño, pero me di cuenta que no era así, todo había acabado aunque mi corazón se negaba a aceptarlo. Perderla sin remedios. Remedios nunca me dio forma de explicarle mis razones de quererla y se fue.
A veces las cosas parecen tan secillas y de pronto todo da un vuelco. Un mensaje de texto me cambió la vida, a pesar de todo, la pesadilla que me levantó no era tan dura como la realidad, como ese sms. En el sueño aún la tenía en mis brazos, dormida aunque sea, pero despertar me rompe esa pequeña esperanza de tenerla a mi lado.
Cuando todo comenzó, nada estaba claro, solo esa extraña sensación de profundidad emocional, cuando sientes que un mar de alegría te sumerge y te vas ahogando en ella con mucho gusto, me llevaba a pensar que esta sería otra historia muy diferente. Lo fue.
Pero, ¿por qué lo fue? ¿por qué no puede seguir siendo? Yo sigo siendo, pero ¿lo nuestro? ¿ella? Qué difícil es darse cuenta de la fragilidad de la vida, de lo cambiante de las cosas. Ayer miraba desde abajo hacia arriba y hoy ya no tengo arriba, hoy solamente me queda mirar a los costados.
Remedios, eso me dio siempre, aunque nunca se sintió segura de eso, remedios me dio a la vida. Recuerdo cada vez que me decía: No te acostumbres. Siempre fue una frase sin razón pero ahora veo que la tenía, que nunca se equivocó y que nunca fue una frase insignificante, todo lo contrario: fue un pronostico inesperado.
Ven, Remedios se va. Decía el mensaje. No entendí a que se refería. Soñoliento me levanté sin hacer mucha bulla para no despertar a nadie en la casa. Casi eran las cuatro y media de la mañana, como ahora cuando recuerdo estos instantes. Mientras caminaba por el callejón de mi casa, me dirigía a la sala y me preguntaba que estaba pasando, una leve preocupación iba creciendo poco a poco con cada latido y cada latido me hacía apresurar el paso. ¿Por qué el mensaje llegaba de su mismo número y hablaba como si no fuera ella? ¿A donde se iba? Llamé a su casa.
El teléfono de su casa timbraba y no respondían. Tres llamadas y parecía como si nadie estuviera. Otras veces me respondían de inmediato, pero ¿qué pasaba ahora? El corazón se me fundía en una extraña sensación de que algo andaba mal. Salí de casa a esa hora, era algo totalmente avezado para mí, pero el silencio me embargaba a cada respiro de una preocupación intensa. Caminé por la calle lo más deprisa que podía, unas diez cuadras nos separaban, bajando por la Calle Miguel Angel, llegué a su casa y solamente había una luz prendida: la de su cuarto.
Todo estaba muy callado y parecía que no pasaba nada. Me entró la duda de tocar su puerta, pero al darme cuenta, estaba abierta. Cuando me disponía a entrar, un taxí dobló la esquina de su casa y se dirigía hacia mí. Cuando se detuvo bajo del auto su papá, envuelto en sollozos. Se fue, me dijo. Tenía el celular de ella, él había escrito el mensaje. Venía del hospital y a recoger algunos documentos que necesitaba. ¿Qué pasó?
Cuando me contó lo ocurrido el pensamiento se me dividió en dos, uno que no aceptaba las palabras de su padre y otra que atinaba a lamentar lo que le había pasado. Dos lágrimas se las llevó el viento, con las siguientes no pudo.
Un ladrón había entrado a la casa de ellos. Cuando estaba haciendo de las suyas, Remedios se levantó hacia la cocina y se topó con el filo del arma que llevaba el ladrón. Sin miramientos, la dejo sola en su cocina y solo un ligero grito hizo que sus padres se despertaran mientras la desafortunada existencia de ese tipo escapaba. Cuando la encontraron aun soplaba un poco de vida. Cuando salió corriendo su padre a buscar un taxi, su madre la alentaba a soportar el daño a cualquier costa. Remedios luchó como nunca por su vida. No tuvo mucho tiempo. Al llegar al hospital trataron de salvarla pero fue muy tarde. Se fue.
Aunque procuré guardar la compostura y se me destrozaba el corazón por dentro, lloraba con calma para darle fuerzas a su padre. Me dijo que lo esperara, que regresaba.
Antes de que se fuera, le dije:
- Gracias por avisarme. - Él se extraño un poco.
- Yo no te avisé debió ser mi esposa, respondió.
- Usted tiene el celular de Remedios.
- Si me lo dio el médico, me dijo que lo llevó todo el tiempo en su mano, pero está sin batería. Creo que ella bajaba por su cargador.
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